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CATARSIS: Cuando el Cante Jondo Hackea tu Cerebro

La primera vez que escuché la palabra catarsis tenía 16 años. Mi vecino de 17 estaba preparando su tesis del colegio, titulada «Liberación catártica de complejos reprimidos a través de la hipnosis terapéutica». Como buenos adolescentes curiosos, nos dio por experimentar con la hipnosis en mi casa, utilizando a mis amigas como voluntarias. No sé cuánto conseguimos liberar del inconsciente, pero desde luego nos divertimos muchísimo explorándolo. Desde entonces, esa palabra me ha fascinado.

El lunes, después de uno de esos días que prefieres eliminar del calendario laboral, asistí a una sesión de flamenco. Y ocurrió algo extraordinario: el cante jondo consiguió en una hora lo que probablemente varias horas de racionalización no habrían logrado. Los quejíos, las palmas, los silencios y esa voz visceral, casi primitiva, transformaron por completo mi estado emocional. Entré con la vibración regular, tirando a baja, y salí en un estado de serenidad sorprendente. Aquella experiencia me hizo recordar algo que viví años atrás. Cuando mi padre estuvo en coma, el equipo médico nos reunió a mi hermana y a mí para solicitarnos autorización para realizar unos estudios sobre los efectos de la estimulación musical en el cerebro de pacientes en coma. Naturalmente, aceptamos. Aquella propuesta despertó aún más mi curiosidad por la extraordinaria relación entre la música y el cerebro, incluso en estados de consciencia profundamente alterados.

Los griegos ya hablaban de catarsis. Hoy sabemos que la música puede movilizar circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, la memoria, la emoción y la regulación del estrés. Lo fascinante del cante jondo es su aparente paradoja: una expresión artística cargada de tensión, desgarro e intensidad puede producir una profunda sensación de calma. Y quizás ahí esté una de las grandes contradicciones de nuestra obsesión contemporánea por el bienestar: creemos que para regular el sistema nervioso necesitamos necesariamente silencio, suavidad y estímulos agradables. Pues no siempre. A veces necesitamos un buen quejío, una guitarra, un poco de duende y una experiencia estética que nos sacuda por dentro.

No todo se resuelve pensando. Algunas cosas se transforman sintiendo. El lunes me llevé una magnífica sesión de biohacking sin dispositivos, sin suplementos y sin tecnología. Solo arte, emoción y una buena dosis de catarsis.

Gracias, Luisa, por tu invitación, por las  risas, miradas cómplices y por una velada que terminó siendo mucho más que flamenco.

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