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168 días no caben en una frase: Resiliencia después de un secuestro

Ayer, conversando con mi hermana, empezamos a recordar nuestra juventud: lugares, historias y nombres que habían quedado guardados en algún rincón de la memoria. Entre ellos apareció el de un amigo nuestro de aquellos años, Luis Silvestri.

Luis tenía 25 años cuando fue secuestrado por las FARC, (las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, fueron una organización guerrillera surgida en Colombia en 1964. Durante décadas mantuvieron un conflicto armado con el Estado colombiano y financiaron parte de sus actividades mediante secuestros, extorsiones, control territorial y actividades vinculadas al narcotráfico) Luis fue capturado en una finca de Barinas Venezuela junto con su mayordomo y posteriormente trasladado a Colombia. Permaneció 168 días secuestrado. Ciento sesenta y ocho días. Hay cifras que uno comprende intelectualmente y otras que obligan a detenerse: 168 amaneceres sin saber si aquel sería el último, 168 noches sin cerrar realmente los ojos, 168 días en los que otras personas decidían prácticamente todo sobre tu existencia.

Y ahí me quedé pensando en una palabra que utilizamos muchísimo: resiliencia. Hoy hablamos de resiliencia para referirnos a atravesar una ruptura, soportar una temporada difícil, adaptarnos a un cambio o levantarnos después de un fracaso. Y todo sufrimiento merece ser reconocido. Pero existen experiencias que alteran por completo nuestra escala de referencia. Estar privado de libertad durante meses, bajo el control de hombres armados y sin saber qué ocurrirá al día siguiente, lleva al organismo a otro territorio. Ya no hablamos de motivación, pensamiento positivo o salir de la zona de confort. Hablamos de supervivencia. El cerebro reorganiza sus prioridades, el sistema nervioso permanece en alerta, la percepción del tiempo se transforma y el futuro puede reducirse simplemente a conseguir llegar a la noche.

Quizá por eso pienso que hemos banalizado un poco la palabra resiliencia. Ser resiliente no significa que algo no te afecte, permanecer imperturbable ni regresar exactamente a quien eras antes. Significa conservar, después de haber sido sometido a una presión extraordinaria, alguna capacidad para reorganizarse: recuperar estabilidad, reconstruir significado, volver a confiar y continuar viviendo. Esto me parece fascinante porque el organismo humano no está diseñado para permanecer intacto frente al estrés, sino para adaptarse. Y adaptarse no significa salir igual: significa modificar sistemas, redistribuir recursos, aprender del entorno y buscar de nuevo un punto de equilibrio. A veces, incluso, convertirse en otra persona.

Recordar a Luis tantos años después me hizo pensar precisamente en eso. Nos quejamos mucho, todos lo hacemos, porque cada persona vive desde su propia escala. Pero de vez en cuando conviene ensancharla. Recordar que mientras algunos utilizamos determinadas palabras como conceptos, otras personas tuvieron que conocerlas desde el cuerpo, desde el miedo, desde la incertidumbre y desde noches que parecían no terminar nunca. Algunas personas conocen la resiliencia porque han leído sobre ella. Otras tuvieron que descubrir de qué estaba hecho realmente un ser humano cuando casi todo lo demás desaparecía. Luis tenía 25 años. Y fueron 168 días.

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