La constelación del perro me ha dejado una moraleja tan sencilla como poderosa: Valoramos muy poco las pequeñas cosas de la vida. En la peli después del colapso de la civilización, lo cotidiano adquiere un valor inmenso: una comida caliente, un lugar seguro donde dormir, un perro que acompaña, una conversación, una canción o la posibilidad de confiar en alguien. Cuando desaparece lo superfluo, lo ordinario revela su verdadera magnitud. Nuestro sistema nervioso está diseñado para adaptarse y esta capacidad nos permite sobrevivir, pero también provoca que nos acostumbremos a lo bueno. La salud, la libertad, nuestro cuerpo y la presencia de las personas queridas terminan formando parte del paisaje. No dejamos de tenerlas; dejamos de percibirlas con ilusión. El problema comienza cuando confundimos la pérdida de novedad con la pérdida de valor.
Con frecuencia colocamos la vida en el futuro: cuando resolvamos el problema, cambiemos de trabajo o consigamos aquello que deseamos. Convertimos el presente en una sala de espera mientras ignoramos que eso que llamamos rutina podría ser precisamente lo que algún día echaremos de menos. Por eso, el biohacking no comienza necesariamente con suplementos, dispositivos o métricas; también empieza al recuperar el control de nuestra atención. Beber un café sin mirar el teléfono, sentir el cuerpo durante el entrenamiento y no coger el móvil, escuchar una canción completa o mirar a alguien querido sabiendo que su presencia no está garantizada son pequeñas formas de volver a habitar nuestra propia vida. La gratitud auténtica no consiste en fingir que todo está bien, sino en volver visible aquello que la costumbre había vuelto transparente.
La constelación del perro nos recuerda que sobrevivir no es lo mismo que vivir. Podemos continuar funcionando mientras permanecemos atrapados en lo perdido o esperando que llegue algo mejor. Sin embargo, la vida rara vez anuncia sus momentos importantes: sucede discretamente mientras caminamos, cocinamos, entrenamos, reímos conversamos con alguien especial o simplemente miramos el cielo. Tal vez vivir mejor no consista solamente en añadir años a la vida, sino en añadir vida a los años. Porque lo extraordinario no siempre está por llegar; a veces lleva mucho tiempo delante de nosotros, esperando que volvamos a mirar.
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