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Animalia: el perfume, el fasting y la delgada capa de civilización

Nos gusta pensar que somos seres profundamente racionales. Pero basta entrar en un gimnasio a las 8 am en fasting y cruzarte con alguien bañado en un perfume Árabe capaz de perfumar medio Gym para recordar una verdad incómoda: seguimos siendo animales. El olfato es el único sentido que conecta casi directamente con el sistema límbico, la parte más primitiva del cerebro, donde se regulan las emociones y muchas respuestas de supervivencia. Un olor excesivamente intenso puede ser interpretado como un estímulo potencialmente amenazante mucho antes de que la razón tenga tiempo de intervenir.

Cuando además estamos en ayunas, esa respuesta puede intensificarse. El organismo se encuentra en un estado de mayor sensibilidad fisiológica: la glucosa circulante suele ser menor, el sistema nervioso autónomo está más reactivo y el cerebro prioriza la detección de señales del entorno. Si un olor resulta invasivo, puede desencadenar una respuesta vagal con náuseas, sensación de debilidad, ligero mareo o la impresión de que “se te bajó la tensión”. No es que el perfume robe energía; es el cerebro desviando recursos hacia un mecanismo automático de protección.

Lo interesante es que esta reflexión va más allá de la biología.

La elegancia nunca ha consistido en ocupar más espacio que los demás.

También consiste en comprender que convivimos con sistemas nerviosos distintos al nuestro.

Un perfume debería descubrirse, no imponerse. Quizá la civilización sea precisamente eso: aprender a domesticar nuestros impulsos animales para hacer la vida un poco más amable a quienes nos rodean. Porque seguimos siendo Animalia.

La diferencia está en que algunos deciden evolucionar un poco más que otros. Biohacking también es esto: comprender nuestra biología para vivir con mayor conciencia. La evolución no solo ocurre en las células; también debería notarse en los modales.

 

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