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Narciso y el envejecimiento en la sociedad contemporánea

En mis últimas interacciones sociales he percibido un interés excesivo y exaltado por la belleza física. No como una simple apreciación de lo bello, sino como una idea capaz de ordenar la identidad, el deseo y la manera de relacionarse con los demás. La repetición de ese mismo tema en personas distintas me ha hecho pensar en el complejo de la belleza y, sobre todo, en la posibilidad de que estemos ante un juego de espejos. Porque cuando una imagen aparece una y otra vez frente a nosotros, quizá no basta con analizarla en quienes la encarnan. También conviene preguntarse qué parte de nuestra propia psique está resonando con ella, qué estamos proyectando y hasta qué punto nosotros mismos podríamos estar cayendo, de maneras más sutiles, en la misma trampa.

La sociedad contemporánea y, especialmente, las redes sociales han convertido la belleza en una plantilla. Rostros, cuerpos, gestos y formas de presentarse comienzan a repetirse hasta producir una especie de humanidad en serie: personas convertidas en calcomanías de un mismo ideal. Lo inquietante no es solo la uniformidad estética, sino lo que esa uniformidad revela de nuestra psique colectiva. Una cultura que no tolera la diferencia, la transformación ni la pérdida de control termina fabricando imágenes cada vez más parecidas porque también está fabricando deseos cada vez más parecidos.

En ese proceso se ha ido perdiendo la autenticidad del propio envejecimiento. Envejecer ya no aparece como una experiencia singular, atravesada por la biografía, el carácter, las decisiones y el paso real del tiempo, sino como una desviación que debe corregirse. El rostro deja de contar una historia y empieza a ser tratado como un problema técnico. Se borran las marcas, se homogeneizan los rasgos y se persigue una juventud sin memoria, como si vivir pudiera no dejar huella.

Quizá por eso el complejo de la belleza ya no pertenece únicamente a ciertas personas. Se ha convertido en un clima cultural. Las redes no solo muestran cuerpos e imágenes: enseñan qué debemos desear, qué debemos temer y qué partes de nosotros deberían permanecer ocultas. Al repetir incesantemente el mismo ideal, terminan colonizando la imaginación y reduciendo el espacio disponible para una belleza verdaderamente propia.

La paradoja es que, en el intento de conservar la singularidad y seguir resultando visibles, muchas personas acaban pareciéndose cada vez más entre sí. Se busca destacar mediante los mismos procedimientos, los mismos rostros, los mismos cuerpos y la misma estética. Narciso ya no contempla únicamente su reflejo en el agua: contempla millones de reflejos semejantes y aprende a desconfiar de todo aquello que no se ajuste a ellos.

La pregunta, entonces, no es solo cuánto valor concedemos a la belleza, sino cuánto de nuestro gusto sigue siendo realmente nuestro. Tal vez la autenticidad comience cuando recuperamos el derecho a tener un rostro que cambia, un cuerpo que cuenta el tiempo y una forma de envejecer que no necesita parecerse a ninguna otra.

Porque quizá no haya nada más bello que ser bello y no concederle demasiada importancia. Habitar la propia belleza sin convertirla en identidad, usarla sin depender de ella y permitir que exista sin pedirle que demuestre nuestro valor. Esa despreocupación, esa libertad frente al espejo, es probablemente una de las formas más auténticas de belleza. Y también una de las más sexys.

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