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¿Cuántas veces hemos llamado amor a algo que en realidad era solamente hambre dopaminérgica disfrazada de conexión?

Tiempo de Lectura: normal y reflexiva: ~3-4 min

Hace unos días me regalaron Liquid Love del Sociólogo  y Filosófo Polaco Zygmunt Bauman y honestamente me está fascinando. No es un libro romántico ni complaciente; es casi una radiografía brutal de cómo vivimos hoy los vínculos humanos, y además fue publicado por primera vez en el año 2003 bajo el título Liquid Love: On the Frailty of Human Bonds, de una forma bastante visionaria debo decir. Y curiosamente, leyéndolo, hay momentos en los que siento algo parecido a cuando leo a un escritor al que admiro profundamente: Axel Capriles y en su manera de abordar las pasiones humanas desde un lugar profundamente psicológico y cultural.

Hay un fragmento que me dejó pensando muchísimo: la diferencia entre deseo y amor. El deseo consume. El amor conserva. Y creo que pocas frases explican tan bien la forma en que nos relacionamos actualmente. Vivimos en una cultura obsesionada con la persecución emocional: el crush, el match, la validación, el “casi algo”, la intensidad. Muchísimas veces no estamos enamorados de una persona; estamos enganchados a la sensación neuroquímica que produce perseguirla.

El deseo funciona muchísimo más como dopamina: anticipación, tensión, recompensa y caída. Por eso la satisfacción dura tan poco. El cerebro se adapta rápido a lo que obtiene y vuelve a necesitar estímulo, novedad e incertidumbre. Y ahí aparece algo muy interesante que plantea Bauman: el deseo tiene algo autodestructivo, porque en cuanto consume el objeto deseado, la intensidad empieza a morir. El amor, en cambio, opera distinto. No busca consumir sino sostener, construir, proteger y expandirse hacia el otro. Pero incluso el amor tiene sombra, porque amar también puede convertirse en querer poseer, controlar o retener. Ahí es donde muchas relaciones dejan de ser amor y empiezan a convertirse en dependencia emocional disfrazada de conexión.

Y sinceramente creo que esto explica muchísimo de la época en la que vivimos. Tenemos sistemas nerviosos hiperestimulados por redes sociales, contenido infinito, validación instantánea y sobreexposición emocional. La dopamina necesita novedad; la oxitocina necesita seguridad y repetición. El problema es que muchas personas ya no toleran la calma porque su cerebro se acostumbró al caos. Por eso se confunde estabilidad con aburrimiento e intensidad con amor. Quizás la gran pregunta incómoda de esta generación es esta: ¿cuántas veces hemos llamado amor a algo que en realidad era solamente hambre dopaminérgica disfrazada de conexión?

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