Durante años el estrés fue tratado como algo puramente psicológico, casi como una cuestión de actitud. Hoy sabemos que es un fenómeno bioquímico real. Cuando el estrés se vuelve crónico, el cortisol se mantiene elevado, el sueño se deteriora, la memoria se vuelve más frágil, el sistema inmune se debilita y la recuperación física se vuelve más lenta. El cuerpo entra en un estado de alerta constante y paga el precio.
En ese contexto aparece una de las plantas más estudiadas de la medicina ayurvédica: la ashwagandha. Su nombre botánico es Withania somnifera y se considera un adaptógeno, es decir, una sustancia natural que ayuda al organismo a adaptarse al estrés sin sobreestimularlo ni sedarlo artificialmente. No es un excitante como la cafeína ni un tranquilizante químico. Es un modulador del sistema nervioso.
Su acción principal se produce sobre el eje HPA, el sistema que regula la respuesta al estrés en el organismo. Al actuar sobre este eje, la ashwagandha contribuye a reducir los niveles de cortisol, favorece un estado fisiológico más relajado, mejora la calidad del sueño y se asocia con una mayor claridad mental. También se han observado efectos positivos en el rendimiento físico, la recuperación y la composición corporal, especialmente en personas que entrenan con regularidad.
A nivel emocional, puede ayudar a disminuir los síntomas de ansiedad sin los efectos secundarios típicos de algunos fármacos. Por eso se ha convertido en una herramienta interesante para quienes viven bajo presión constante, trabajan en entornos exigentes o sienten fatiga mental acumulada.
Diversos ensayos clínicos con extractos estandarizados han mostrado reducciones significativas del cortisol, mejoras en el sueño y una mayor sensación de bienestar general en personas con estrés crónico. No es una solución mágica ni un atajo, pero sí una herramienta fisiológica real para estabilizar el sistema nervioso.
En la mayoría de los estudios se utilizan dosis de entre 300 y 600 mg diarios de extracto estandarizado, normalmente divididas en una o dos tomas, con comida o antes de dormir. Más importante que la dosis es la constancia. Puede ser especialmente útil para personas con altos niveles de estrés, problemas de sueño, fatiga mental o rutinas de entrenamiento exigentes. En mi caso, utilizo ashwagandha KSM-66 de 600 mg de la marca Naturmil, un extracto estandarizado y bien estudiado, que encaja con mi rutina diaria de entrenamiento, ayuno intermitente y gestión del estrés.
Aun así, no se recomienda su uso sin supervisión médica en casos de embarazo, trastornos tiroideos no controlados o si se están tomando ciertos medicamentos sedantes o psiquiátricos.
Como todo en biohacking, la ashwagandha no funciona en aislamiento. Un suplemento no transforma una vida; un sistema sí. Su efecto se potencia cuando forma parte de una arquitectura biológica más amplia que incluya entrenamiento de fuerza, sueño de calidad, exposición al frío y al calor, alimentación estructurada y ritmos circadianos estables. No es una pastilla para escapar del estrés, sino una herramienta para regular el organismo mientras se construye una vida con más energía, estabilidad y capacidad de respuesta.
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