La conexión es directa y nada casual: la China actual nace de una herida histórica muy concreta, la Guerra del Opio, cuando una potencia extranjera desestabilizó al país no solo con armas, sino controlando su comercio, su adicción y su flujo de riqueza; la lección fue brutal y quedó grabada en la memoria colectiva del Estado: quien controla lo que entra sustancias, capital, información controla el destino de una nación. Hoy el opio ya no es una droga, es la información, los datos, las plataformas digitales y las narrativas externas capaces de moldear conducta y generar caos social; por eso China no interpreta el control digital como censura ideológica, sino como defensa estructural frente a una colonización moderna. El Gran Cortafuegos, la vigilancia masiva, la soberanía tecnológica y los sistemas de crédito social no surgen del capricho autoritario, sino de una lógica de supervivencia histórica donde la estabilidad colectiva pesa más que la libertad individual. Desde esta mirada, perder el control informacional sería repetir 1839 con herramientas del siglo XXI. Por eso Xi Jinping no gobierna solo desde la política, sino desde el recuerdo: para China, controlar el espacio digital no es dominar a su población, es evitar volver a ser dominada.
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