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Australia rompe el bozal digital. ¿Y nosotros?

Australia acaba de prohibir las redes sociales para menores y el mundo lo comenta como si fuera una excentricidad, cuando en realidad es la primera señal de alerta seria frente a una epidemia silenciosa: la mayor ola de suicidios adolescentes en la historia moderna. No es casualidad; es causalidad neurobiológica.

Los gobiernos no están reaccionando a memes ni a moralismo, sino a datos escalofriantes: los niveles de ansiedad, depresión, autolesión, trastornos del sueño y disociación cognitiva en menores de 25 años se han disparado en proporciones que no existían ni en épocas de guerra. Y mientras Australia decide cortar el suministro dopaminérgico, el resto del mundo sigue con el bozal de Instagram, desplazándose entre estupideces, bailes repetitivos, influencers sin contenido y feeds diseñados para que nadie mire lo que importa: la destrucción sistemática de la mente joven.

Las redes sociales ya no son plataformas; son un ecosistema de extracción cognitiva. Sustituyeron religión, política y comunidad por dopamina barata, scroll infinito y algoritmos entrenados para hackear la arquitectura cerebral de un adolescente con una precisión que hace 20 años habría sido considerada arma militar. Esto no es metáfora: es literalmente ingeniería dopaminérgica. La plasticidad profunda se erosiona. La acetilcolina la molécula del foco colapsa. La corteza prefrontal a parte que regula impulsos y decisiones queda saturada. ¿Resultado? Una generación que no puede pensar, no puede esperar, no puede tolerar tres segundos de silencio interno… y que, cuando el cerebro colapsa, cae en el punto más oscuro de todos: la desesperación que conduce al suicidio.

Australia actuó porque entendió que la batalla no es cultural ni moral; es neurobiológica. Mientras los adultos discuten trivialidades y consumen entretenimiento vacío, los algoritmos están reescribiendo cerebros infantiles sin pedir permiso. Pero la verdadera tragedia es esta: nosotros seguimos mirando pantallas mientras la realidad arde, hipnotizados por el bozal luminoso de Instagram, creyendo que estamos informados cuando sólo estamos distraídos. La pregunta ya no es si prohibir redes a menores es exagerado.

La pregunta es brutal y urgente: ¿cuántas generaciones estamos dispuestos a sacrificar antes de aceptar que vivimos en una economía que explota atención a cambio de destruir la mente humana? El que no proteja su cerebro hoy, perderá su libertad mañana. La advertencia ya llegó. Falta ver quién se atreve a escucharla sin el bozal puesto.

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