La inflamación cerebral es uno de los grandes enemigos silenciosos de este siglo. No se ve, no duele, pero puede cambiar radicalmente cómo pensamos, sentimos y decidimos. Cuando el cerebro se inflama, las microglías sus células inmunes liberan citoquinas que interfieren con la dopamina, la serotonina y la acetilcolina, apagando literalmente la claridad mental. El resultado es niebla cognitiva, ansiedad, impulsividad, pensamientos circulares y, en casos extremos, alteraciones graves del comportamiento. En los últimos meses he escuchado varios casos de brotes psicóticos en personas cercanas, y todo apunta a un terreno inflamatorio de fondo, sumado a estrés crónico, déficit de sueño y sobrestimulación dopaminérgica. Vivimos en un entorno que activa constantemente el sistema inmune del cerebro: pantallas, ruido, información continua, mala alimentación, cortisol sostenido. La neuroinflamación no es solo un problema médico; es una crisis de civilización.
Para apagar ese fuego, hay que volver a lo esencial: dormir profundamente, mantener una alimentación antiinflamatoria rica en grasas buenas, vegetales, cúrcuma y omega-3, moverse a diario para mejorar la oxigenación y el drenaje linfático cerebral, alternar sauna y frío para modular las proteínas de choque térmico, practicar silencio y respiración consciente para desactivar el sistema simpático, y suplementar con magnesio, NAC, ashwagandha y DHA cuando sea necesario.
La neuroinflamación se apaga con coherencia: con rutinas que le recuerdan al cuerpo que no está en guerra. Solo cuando esa inflamación baja, la mente recupera su tono natural: calma, foco y lucidez.
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